La condena de vivir 100 años en soledad

Inicialmente me pregunté ¿Estamos los colombianos condenados a la soledad? No pude plantearme esta pregunta con otras naciones, no tengo cómo comparar con otras nacionalidades lo que trae consigo esa difusa identidad colombiana. Hay, detrás del imaginario del colombiano, en general (exacto, el imaginario que no distingue de regiones, acentos, estratos, etc) una imagen de alegría, de calidez de espíritu, de hospitalidad, parrandería, de danza y felicidad; es como si el slogan de "Colombia es pasión" hubiera cumplido su misión a la perfección incrustándose en el imaginario general. 

La música o los productos audiovisuales alimentan esta imagen colorida de la colombianidad y ni hablar de las redes sociales y el turismo sexual, que se lucran con vender esta imagen exacerbada. No obstante, en la literatura nos encontramos con aquello que subyace tras los cantos apasionados, tras los acordeones, las arpas, los tambores, las cajas, las gaitas o las flautas; nos encontramos con una melodía que nace en las profundidades de los páramos, de los bosques, de la selva y de los nevados. Una melodía que huele a tierra, a lluvia, a polvo y a agua, una melodía que nos canta al olvido que lleguemos a ser, a las heridas llenas de peces, a los nocturnos, a la patria y a otras ruinas, todas con algo en común... La soledad.

La melancolía de una soledad inminente se narra en la literatura colombiana con tanta naturalidad que parece perderse entre las canciones y las danzas que se roban el protagonismo de la narración. En los extensos y complicados árboles genealógicos colombianos, que nada tienen que envidiar a las monarquías europeas que dieron vida a los grandes imperios, se describen nacimientos originados en el silencio, el dolor, el desasosiego, el miedo. Es como si nuestra mera existencia como nación hubiera dejado la marca de la violencia en los individuos nacidos bajo la República de Colombia.

Los años de la conquista, seguidos por la revolución, la violencia y las guerras son el origen de la hoy llamada nación. Una nación en la que año tras año vuelve a suceder algún evento que marcó la historia del siglo pasado, cada mes repite las desgracias de la década anterior, casa semana se perpetúa la reiteración rutinaria de las catástrofes del año previo; somos la viva representación de la naturaleza cíclica que nos devora cual agujero negro. Olvidamos el pasado, perdidos en divagaciones solitarias que nos alejan de la realidad, de tal forma que el presente se encarga de regalarnos un recordatorio de cómo será nuestro futuro retratando acontecimientos del pasado. 

Cada acontecimiento nos enfrasca en un torrente de soledad que nos impulsa a repetir esos mismos acontecimientos; ciclos y repeticiones. Viviendo en un absurdo de abandono se puede entender que la soledad se extienda más allá de la propia vida de un individuo, que se extienda a los 100 años de soledad.

¿Estamos los colombianos condenados a vivir 100 años de soledad? ¿No hay forma de escapar del sufrimiento permanente en esos años? Creo que García Márquez encontró la solución al problema de la soledad que nunca se irá. En Jose Arcadio y Úrsula, en Aureliano y Amaranta Úrsula, o tal vez en los mismos Aureliano y Petra Cotes respondió la pregunta que nos aqueja desde hace siglos... Tal vez, sólo tal vez, cuando compartimos la soledad encontraremos un descanso al mal que ha durado 100 años. Tal vez, sólo tal vez, la ternura de compartir nuestra soledad con amor nos permita encontrar esa pequeña paz que tanta falta nos hace, ya sea como individuos o como nación.


Palabras tristes y escritos sin sentido de PandoraHao

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