La tortura de la cercanía
Sus miradas siempre se cruzaban, era como un magnetismo que mantenía sus ojos
fijos el uno en el otro; había agua y fuego, había viento y tierra, había un
universo de sensaciones que navegaba entre el oleaje del movimiento desde sus
ojos hasta sus bocas semiabiertas, hipnotizados en medio de un silencio que no
podía quebrarse. A decir verdad, estaban obligados a comunicarse con la mirada,
a acariciarse con la mente, a vivir entre la fantasía, pues cada vez que se
acercaban se daban cuenta de aquella ventana de cristal cuyo propósito era
evitar la colisión de sus naturalezas etéreas. Sin embargo, las miradas se
mantenían, brillaban más que las estrellas, únicas testigos tras el
cristal. Sus miradas acariciaban sus cuerpos con delicadeza, intimando
con la esperanza de la dulzura que esta fantasía llegaba a ofrecerles.
Simplemente vivían en la fantasía.
Así pasaban los minutos y las horas, el día y
la noche; así transcurrían los días, las semanas. La paciencia quería hacerse
rutina, la calma deseaba asentarse sobre la marea entre sus miradas, pero el
viento sopló empujando sus cuerpos, obligándolos a dar un paso al frente, luego
dos, luego tres, hasta que la cercanía fue interrumpida abruptamente por aquél
cristal. Esa cercanía tan intensa y ansiada se tornó insoportable, tortuosa. La
visión de sus cuerpos, ahora tan cercana, hizo que la fantasía se volviera más intensa y
también, irónicamente, menos satisfactoria. Sus corazones saltaban ante el suave
aroma que lograba filtrarse por la dulce tierra, fue por ello que ambos
acariciaron el cristal, con la vana esperanza de sentir algo más que el frío
vidrioso que los separaba. El suplicio, ya intensificado por la cercanía, avivó
el fuego en sus miradas, encendiendo una chispa de intensos colores que derritió
la barrera que separaba sus cuerpos.
El primer roce de sus pieles se dió a
través de sus manos, cuyo delicado vainvén asemejaba la danza de las mariposas.
Ese suave cosquilleo hipnotizaba sus miradas, ambas fijas en sus manos,
apreciando cada textura, cada poro, cada milímetro. Sus dedos se entrelazaron,
apretándose cada vez con mayor intensidad, la electricidad que se generó desde
sus corazones recorrió sus torrentes sanguíneos y fluyó hacia el otro,
compartiendo un calor creciente que erizó sus pieles. La tortura empezó a
desvanecerse, al tiempo que sus latidos galopaban con mayor velocidad; dos corazones
sincronizados.
El susurro de sus respiraciones se hizo notable, la marea de sus
miradas volvió a colisionar sobre sus rostros, sobre sus bocas. El deseo de
volver realidad las fantasías se hizo palpable, ardió en el fuego que los
abrasaba y encendió el impulso de lanzarse al abrazo de sus cuerpos, de sus
almas. Los besos llovieron entre sus cuellos; los aromas, dulce y maderado, se
mezclaron entre los colores, entre el fuego, entre el viento. La humedad de sus
cuerpos se hizo presente y la tierra les dió las bases para ceder ante el susurro
de la noche. Fueron dos y fueron uno al abrigo de la naturaleza.
Sin embargo, el muro de cristal tenía que volver a erigirse y la cercanía, nuevamente, se volvió tortuosa, obligándolos a vivir de nuevo entre el recuerdo, entre la fantasía.
Cuentos tristes y escritos absurdos de PandoraHao


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