Una última canción a los curanderos

 


-¡Un médico!

Así comienza la llamada de auxilio escondida detrás un sticker de Whatsapp de Skipper, uno de los pingüinos de Madagascar, pidiendo ayuda para su novia... Tras un par de segundos, llega la respuesta:

-¿Qué pasó?

Corto, conciso, más no menos preocupado, pues sabe que los únicos momentos en los que recibe esa “batiseñal” es cuando existe alguna condición de salud, física o mental, que me atormenta y no puedo lidiar más con ello. Lo maravilloso de este método es cómo utiliza un poco de humor para suavizar mis propios miedos y aquella pesadez de solicitar ayuda, a pesar que me haga sentir a mí misma como una carga. Porque a veces es inevitable sentirnos como una molestia cuando debemos pedir ayuda, ya que se supone que deberíamos ser capaces de lidiar con nuestros propios problemas, con nuestros demonios, con nuestras enfermedades. También logra alivianar, a mi parecer, la preocupación que puede generar en él el llamado de auxilio de un amigo, ya que sin falta, siempre que le envío el sticker después del silencio, llega a mí esa respuesta: ¿qué pasó? 

Es justamente en este momento que su tortura comienza, pues él se sienta a leer o escuchar el mensaje que le envíe con una paciencia superior a la de cualquier santo. Quiero creer que al menos una sonrisa se escapa de sus labios cuando escucha las sandeces que me generan intensos estados de preocupación, una sonrisa de alivio por saber que sigo estando bien, una igualmente irónica preguntándose “¿cómo demonios me convertí en amigo de esta loca?”. Me llena de alegría pensar que las preocupaciones que le genero sin razón al menos lo hagan reír mientras la pena ajena inunda su empatía por un instante. Aunque, lo que es más increíble aún, es cómo, sin poder contar con un instante de libertad en su rutina, entre tener que trabajar, estudiar una especialidad, cuidar de su pareja, amigos y familia, se toma el tiempo de responder a mis preguntas con un:

-“No te vas a morir, Chan…”

Y aún más increíble es cómo utiliza toda su paciencia para explicarme cada detalle después de mi “¿cómo lo sabe?”. 

Mas no todo es color de rosa. Existen momentos donde, a mi pesar, lo he alarmado por culpa de mi incapacidad de manejar mejor mis sentimientos, mi autorregulación o mi cuidado personal. Donde los ataques de ansiedad me llevan a hiperventilar, deseando gritar y llorar desesperadamente, pero sin poder hacerlo porque, tal vez, no sé cómo; momentos donde mis defensas se han debilitado o donde los golpes que me he dado no fueron debidamente atendidos y requiero de algo más que “tener cuidado”. Con distancia o sin ella, él, en honor a su papel de amigo y de su labor de curandero, se toma cada segundo en serio y se asegura de no dejarme hasta que esté a salvo. Un verdadero médico no sólo de profesión, también de vocación. Eso me trae esperanzas, me trae la esperanza de ver que aún existe gente como él sobre la faz de la tierra, y más aún, cómo tuve la fortuna de encontrarlo en mi camino. También me alegra pensar en sus pacientes, con quienes estoy segura tiene más paciencia que conmigo, ya que por lo menos a mí puede hacerme bullying sin poner en riesgo mi bienestar o su carrera profesional. 

Tal vez ha sido ese bullying que nos caracteriza el filtro que nos permitió ser nosotros mismos con el otro, que ha permitido que sus tratamientos a mí no se limiten a los medicamentos, sino también a las palabras basadas en el cariño, en el aprecio y la preocupación mutua; mientras estrechamos nuestros lazos entre las visiones más místicas y científicas que, más que alejar nuestras posturas, nos acercan. 

Después de once años de amistad suelo preguntarme cómo sería el día a día sin compartir las cosas que nos unieron en un principio: la música, los chistes, la confidencia, la empatía, uno que otro meme o incluso los traumas. Tal vez los días serían más monótonos, menos llevaderos. ¿Quién me recordaría la persona que quiero ser? ¿Que no moriré por la migraña o cualquier mal que me aqueje? ¿Con quién compartiría pues las pequeñeces que le dan sentido al paso del tiempo? Él fue la primera persona a quien le compartí la primera canción que escuché de la banda que se convertiría en mi favorita, una que ahora, en un curioso giro de la vida, está acompañando a su banda favorita en toures mundiales, una que hace unos meses lanzó una canción que me trajo a este escrito, pues me hace preguntarme: Si pudiera cantar una última canción, en mi caso escribir un último texto, antes que el mundo se acabe, que nuestro fin toque las puertas de nuestras existencias ¿Qué le escribiría a mis amigos y familia, a los rebeldes y valientes, los renegados y olvidados para decirles adiós? ¿Para mostrarles que mi amor es infinito, ayudarlos a llorar y decir todas las cosas que no fueron dichas? ¿Sería uno sobre amor y muerte, con un aliento desesperado, pero mostrando mi sonrisa a pesar del dolor?  Si le pudiera escribir un último texto, definitivamente buscaría que fuera uno bueno.


Palabras tristes y escritos sin sentido de PandoraHao


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