Misiva a los curanderos

 “Querido señor Malvado R:” Es la primera frase que se asoma en un fondo verde olivado más bien
pálido, acompañado de la hora de envío y la confirmación de envío, recibido y, en mi caso, no de visto por el receptor. El todo de este principio se carga de ironía en cada uno de sus detalles, empezando por el deseo de imitar un encabezado de carta en papel perfumado que demore, tal vez, meses en arribar a su destino; siendo que en realidad es un mensaje que tardará unos segundos en llegar de forma digital a su lector. La tremenda formalidad, por otro lado, se burla del elocuente cachaquismo de nuestras misivas, cuando en el día a día nuestros bogotanismos, nuestros cachaquismos y, aunque me apene aceptarlo, un poco de parlache inundan la informalidad de nuestras conversaciones, que entre risas trajeron el sobrenombre de “Malvado” sobre la mesa, la ocurrencia última cargada de ironía, pues malvado es todo lo que ese curandero no es.

“Me emociona escribirle en esta mañana para saber cómo se encuentra. Como siempre, tengo la esperanza que se halle cómodo y en una buena compañía felina.” Al preguntar y desear por su bienestar, me pregunto constantemente qué tanto nos preocupamos por la bienaventuranza de nuestros curanderos, ya que ellos, en su labor entregada, desinteresada, parecen olvidar que a veces, nuestras propias vidas merecen ser salvadas, para así, de esta manera, seguir salvando la de quienes lo necesitan. 

Ser curandero no es tarea fácil, no puede serlo, menos cuando su labor pone en riesgo su integridad física y emocional; lo he visto en mi querido señor malvado. No estoy segura de si es un deseo profundo de entrega por los demás, un nivel muy bajo de aprecio por la vida propia o una mezcla de ambos lo que lo han llevado a ser él quien cargue con el peso del mundo y de su propio mundo sobre sus hombros, esperando no alarmar a sus seres queridos, como si curar la mente y los corazones de otros lo volviera inmune a cualquier mal que pueda llegar a aquejar su psique. 

“Sé que trabajó hasta tarde… Los días son difíciles cuando uno quiere pegarse un tiro, pero aquí estamos presentes siempre, a su lado”. Sin embargo, intuir sus dificultades es, relativamente, sencillo. Su aislamiento del círculo social, su silencio, su ausencia de humor negro contra su situación desesperada son los síntomas perceptibles de la antinomia constante en la que vive; pues siempre está preparado para prestar su ayuda, desde un consejo sobre moda que esconde una tarea de terapia para trabajar la autoestima, hasta una dialéctica bien entrenada sobre la moral cuando la deconstrucción de mis preceptos me llevan a ver el mundo de nuevas maneras. Sin embargo, en el momento de solicitar ayuda, la duda lo inunda, guarda silencio sobre su estado, aún sabiendo que la ayuda es vital para nuestros corazones, para curar, para sanar… para proteger, para protegerlo. Así que lo veo pendular entre luchar por la salud mental de otros y dejar la propia en un segundo plano.

Sé que empezaré a escribirle en papel, que se convertirá en nuestra tradición, pero antes quisiera que esta misiva llegara a sus manos en el momento indicado, que pudiera saber que en su labor, en su amistad, salvó mi vida del daño que me hicieron, así como lo ha hecho con muchas personas, así como quisiera hacerlo en este momento. Así como en el momento indicado llega su telegrama en respuestas de mis cartas:

“A mi querida Pandora:

La quiero mucho”

Para que así él pueda leer el cierre de la misiva donde lea mi sincero: “con amor, Niñita”.


Palabras tristes y escritos sin sentido de PandoraHao

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