Ecos de Tequendama
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A medida que los edificios de la ciudad se movían en mi ventana, muy lentamente por cierto, la pesadez onírica me hacía golpearme contra el vidrio. Cinco segundos sintiéndome estúpida, un segundo volviendo a quedarme dormida, un ciclo constante para mí. Mi cuerpo quería dormir, pero algo buscaba a toda costa mantenerme alerta; algo que no pudo ganarle a mi incapacidad de madrugar.
Me encontré entonces en medio de un bosque sobre el que el sol apenas acariciaba las puntas de los árboles. El camino estaba marcado en el suelo por la erosión que produce el paso de muchas personas, mientras que a mi alrededor el pasto llegaba a mis rodillas. Las lágrimas se agolparon sobre mis ojos mientras una punzada muy intensa permanecía en mi pecho. Además, sentía un nudo doloroso en mi garganta, uno que me hacía anhelar gritar, pero no podía, como si un par de manos invisibles estuvieran apretando mi cuello.
Un paso empezó a seguir al otro, pesados y lentos, como una marcha fúnebre de la cual yo era el único participante. Sí... EL único. Al llegar a la zona estrecha de árboles me encontré con figuras colgadas en diferentes zonas. Algunos eran juguetes, otros eran bolsas, medias e incluso pequeños amarres de ramas en formas de estrellas y cruces con papeles pegados. Algunos de estos objetos tenían cerca diferentes animales, polluelos, aves negras, serpientes, cosa que habría sido normal de no ser por el silencio insondable que era interrumpido únicamente por el crujir de hojas y ramas bajo mis pies.
Seguí mi camino, guiado únicamente por mis pies y un extraño instinto, algo que me llamaba, algo que estaba ligado con el creciente ruido de agua corriendo que empezaba a inundar el ambiente. Dejando atrás las figuras colgadas, pude vislumbrar sombras que corrían o desaparecían a los lados del camino, huyendo de mi vista. Sólo observándome en la penumbra.
Las lágrimas me hacían ver borroso, sólo distinguía el camino bajo mis pies y el verde del bosque cada vez más claro. El tiempo en el camino se hacía eterno, cada paso traía más y más agotamiento, pero yo seguía avanzando. Sólo Dios sabe por cuántas horas debí estar deambulando por ese camino hasta que llegué a ese punto en específico.
El sonido del agua cayendo era ensordecedor, la niebla que generaba la caída del agua ascendía sobre la roca en la que ahora me encontraba de pie. El vacío se extendía a mi izquierda, a mi derecha corría el río y al frente... Al frente estaba ella, estaba eso.
Esa virgen, inmaculada y dulce, movió su rostro hacia mí, extendiendo sus brazos con dulzura, como una madre impulsando a su hijo a dar sus primeros pasos. La niebla blanca la iluminaba con resplandeciente belleza y de su boca una angelical voz me llamaba diciendo: "ven, hijo mío, ven... Conmigo ya no sufrirás tanto". Mis ojos ahogados en llanto la veían sólo a ella, el estruendo del agua desapareció para enaltecer la dulzura de su voz.
Moví mi pie derecho para acercarme a ella; el izquierdo, en cambio, parecía clavado a la roca, inamovible, entumecido. Con insistente ternura la virgen me invitaba a acercarme a su abrazo aliviador, más mis pies no me respondían. Su voz empezó a retumbar con más fuerza en mi cabeza mientras observaba mis pies, mis malditos e inmóviles pies. Tembloroso y entre las repetidas invitaciones de la virgen alcé mi mirada para buscar respuesta ante mi nula capacidad para moverme, buscando auxilio. Fue en ese instante que el rostro de la virgen se transformó en una criatura irreconocible de negros ojos y colmillos amenazantes, la ira se presentaba en su entre ceja y la piel verdosa y azulada, podrida, caía de entre sus mejillas para asomar una carne morada y amarillenta. Su voz cambió abruptamente y en una única orden, violenta y gutural me dijo: ¡Ven!
Abrí los ojos de inmediato, mientras mis labios se desplegaban intentando obtener una bocanada de aire. Mi corazón palpitaba a galopes y un sudor frío caía sobre mi frente. Estaba aterrorizada. Miré a mi derecha, impulsada por el ruido del agua; allí me encontré con la majestuosa cascada, pero en una de sus esquinas pude notar la estatua que se erguía imponente, mientras que en la otra orilla de la cascada una pobre silueta negra se dejaba caer al vacío del lago de los suicidas.
Mis ojos siguieron a la figura negra que en cuestión de segundos se fundió con el agua del salto. Entre tanto, la voz gutural de la virgen retumbaba en mi mente demandando que fuera en su encuentro y me hundiera en su abrazo, pues tarde o temprano yo iría en su encuentro para que ella hallara su camino hasta quedarse con mi desdichada alma.
Cuentos tristes y escritos absurdos de PandoraHao

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