Verlieben
Él siempre se vio atraído por su belleza, existía en ella un no sé qué que la hacía brillar por encima de las estrellas. Siempre la veía bailar, dar vueltas mientras su negro y liso cabello cubría su rostro, mientras sus brazos se alzaban y la seda blanca de su ropa permitía entrever los firmes pechos y nalgas que otorgaban una curvatura hipnotizante a su cuerpo. Al bailar ella se convertía en una diosa, una de lujuria y excitación, una que, al igual que los mortales, despedía pequeñas gotas de sudor que brillaban como oro. Cada noche la observaba bailar desde el balcón, saltar con energía y dejar que su cuerpo se perdiera en un extraño ritual único de ella. Por momentos tenía la impresión que ella se daba cuenta, que ella lo observaba por entre sus cabellos. Sin embargo, eso debía ser imposible, ella bailaba en el ático de esa casa abandonada, mientras él se mantenía en la oscuridad de su balcón, observándola, esperando poder verla más, poder conocerla, poder saber más de ella. Todo eran anhelos hasta cierta noche en la cual su sospechas fueron confirmadas.
En medio de su euforia, de su danza, ella se detuvo, apartó su cabello de su rostro y lo miró a los ojos, no importaba la distancia o la oscuridad, de alguna forma, ella lo estaba mirando directamente a los ojos. Él se sintió apenado y vulnerable ante ella, pero eso cambió rápido cuando vio cómo ella alzaba delicadamente sus brazos hasta sus hombros para dejar caer los tirantes de su vestido blanco de seda, con estos cayó el vestido con suavidad, como acariciando primero sus pechos y después deteniéndose un momento en sus caderas. La visión lo dejó atónito. Su cuerpo desnudo era mucho más atractivo de lo que la seda dejaba ver, pues su sudor realmente brillaba como oro a pesar de la palidez de su piel. Además, su sexo se veía a plenitud, pulcro y, al parecer, húmedo. Se quedó quieta, observándolo, para después posar delicadamente sus dedos sobre su vientre y encaminarlos por sus pechos hasta su boca. Después de chupar sus propios dedos un instante, sonrió y, como todas las noches, se fue, dejando en él un extraño sentimiento, un palpitar interminable.
La noche siguiente, decidido, esperó no en el balcón de su casa, sino en el ático, a que ella llegara. Los minutos parecían horas en su ausencia hasta que, finalmente, ella apareció. Con su vestido de seda blanca como todas las noches, lista para bailar, pero él se irguió frente a ella. Era aún más atractiva de cerca, de ojos azules y labios rojos. Sin decir palabras, se acercó a él mientras acariciaba su propio cuerpo como la noche anterior. Suavemente tomó su mano sin apartar sus ojos de los de él, la guió sobre su cuello y la llevó a recorrer sus duros pezones, luego su ombligo, para finalmente llevarla bajo la falda de su vestido. Allí, ella comenzó a acercarse aún más, dejando que los dedos de él sintieran su espesa humedad, sintieran su estrecho interior mientras ella cerraba los ojos hacia el cielo. El calor se apoderaba de él, buscaba la forma de tenerla, pero ella detuvo el jugueteo de su mano. Sonrió y lo empezó a llevar al sótano. A medida que lo ayudaba a bajar, caminaba de espaldas, para mostrarle mirándolo a los ojos como ella introducía sus propios dedos en su sexo húmedo. Bajaban en un interminable camino de escaleras que los hundía más y más en la oscuridad.
Finalmente en el sótano, ella soltó su mano, alejándose un par de pasos. Él quiso acercarse, pero un aroma pútrido llegó a él. La poca luz de luna que había le permitió ver lo que parecían ser bolsas de carne roídas junto con algunos huesos. El sonidos de moscas, roedores e insectos retumbaba como nunca se habría imaginado. Un escalofrío lo recorrió y obligó a dar un paso hacia atrás al darse cuenta que ella ya no estaba frente a él. Intentó voltear, pero un ser se encontraba frente a él. Uno bañado en sangre, con la piel entre verde y morada y un hocico parecido al humano pero con dientes de bestia. Se lanzó sobre él como un animal hambriento sobre su presa, rasgó su carne y acercó su hocico a su rostro. Ya casi no le quedaban fuerzas, su vida se desvanecía con cada gota de sangre que salía de él. Con lo último que quedaba de él, escuchó lo que esa bestia.
-¿Para qué te sirvió el amor si te trajo a la trampa del lobo?
Cuentos tristes y escritos absurdos de PandoraHao



Nunca subestimes al rival
ResponderEliminarcuando es una mujer
Es tan delicada y tan letal
que empiezas a entender
Es un animal
te puede devorar.
En lo personal me gusta este eretismo sublime que intentas trasmitir.
ResponderEliminarPero que seria el amor si consigo no trae nuestra destrucción,muerte y violencia. el amar es violento ya que no se ama lo que es si no lo que se quiere y eso obliga que sean arrancadas de nuestro ser a mordiscos cosas que molestan a quien nos ama, destruyéndonos y embelesarnos en la ilusión de completud perfecta
-ZERO
Muchas gracias. Creo que sí, el amor tiene muchas caras, crea muchas cosas, entre esas la violencia, que nos absorbe y nos mata lentamente, pero que al mismo tiempo nos llena de vida.
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