Negro y carmesí

Acostado estaba en esa noche oscura,
escuchando en la lejanía
a las personas en su locura
e, increíblemente, en su propia agonía.
Desesperados parecían,
corriendo sin sentido alguno
por carreteras que lentamente se desvanecían
ante el arrullo de Juno.
Y yo, sólo dejaba el tiempo correr a su antojo.
"Desgastado despojo"
es, tal vez, la descripción
que a mi ser llega como recuerdo y predicción.

Sumergido entonces en la rivera de la noche plutónica,
sintiendo sobre mi cabeza el peso indudable de la sidra,
percibo un suave aroma, como venidero de una verónica,
que ahoga mis pensamientos con la imagen de la hidra.
¿Es, acaso, mi mente
queriendo advertirme de un peligro inminente?
¿O, tal vez, es el simple peso del sueño
añorando el calor hogareño?

Entonces, sin reparo alguno, mis ojos sucumben al agotamiento,
acogiendo una hermosa y escabrosa oscuridad,
que en aquél momento, parecía tan real como un cuento.
¿Qué clase de perversa deidad
decide enviar a mí imagen semejante,
ante la cual, un hombre como yo, tajante
solo puede pedir piedad?

No supe, en realidad, si mis ojos,
débiles ventanas de amores rotos,
se abrieron para contemplar tal visión
o si todo fue todo producto de mi imaginación.
Sólo sé que fue la silueta de su cuerpo,
perfecto en proporción en mi recuerdo,
la imagen que llamó mi atención
y que colocó en alerta mi discreción.
Era su silueta espejo perfecto de la tentación,
la cual levemente se escondía tras la seda
de un vestido tinturado de una oscura pasión
y la inocencia que sólo se encuentra en el Edda.
Extraña era su visión frente a mí,
como rodeada de un resplandor carmesí
a pesar del negro de su vestido.
Era ella imagen de lo perdido.

Se acercó a mí con altiva mirada,
permitiéndome ver su cabellera castaña, casi dorada.
Su mirar era de un azul profundo,
incluso similar al del mar siciliano,
y su piel era blanca a tal punto,
que parecía resaltar con un brillo diano.

Vi su lengua recorrer sus labios,
mientras una sonrisa diabólica se asomaba en ellos,
permitiéndome ver sus dientes blancos
y su cuello, recordatorio de hermosos gansos.
Sentí su fría piel acariciar la mía,
llevándome a un largo escalofrío de agonía.
Agonía nacida del deseo que me carcomía
por aquella silueta que del mismo infierno venía.

Su vestido descendió por su cuerpo,
dejándome a mí, un simple hombre, perplejo.
Eran sus pechos como creados de mármol blanco,
y sus pezones eran rosados rebosantes de encanto.
La suavidad de la piel de su pecho,
combinada con el ligero gemido que escuché en el lecho
al pasar mis manos sobre su delicada piel
me hacía sentir que estaba atrapado en una trampa de miel.
Dulce y peligrosa,
que me atraía a su trampa escabrosa.

¿Serán los dioses crueles en su mofa?
¿O serán ellos sólo observadores de la estrofa
que un simple mortal escribe
para que su mente no entre en declive?

Corría entonces mi corazón,
desesperado por encontrar razón,
para detener el miedo que ella,
cruel avatar de Carmilla,
lentamente insertaba
en mi pobre alma humana.
Por ello intenté soltar sus pechos,
recordando mis valores ahora deshechos;
pero era tan dulce su sabor
que fue mi boca la que olvidó todo pudor.
Tuve la absurda ilusión,
de creer que era ella mi posesión.
Cuando, en realidad,
era yo quien estaba sujeto a su voluntad.

No hay dios que perdone semejante pecado,
de haber a éste súcubo mi alma entregado.
No hay piedad o misericordia que me salve
de éste temor tan grande.
Y mucho menos me proteja,
de la lujuria que mi mirada refleja.

Eran sus casi imperceptibles movimientos,
los que elevaron mis más bajos instintos
y sucumbieron ante el frío de sus besos
y quemaron incluso mis huesos.
Placer venidero de la muerte,
que en medio de la noche mi cuello muerde,
logrando que mi cuerpo ceda
ante el demonio que la noche hospeda.
Alzó ella su rostro,
mostrando una boca bañada en sangre.
Era ese el monstruo
por el que mi corazón aún hoy arde.

Fue su último gemido de placer,
el que me llevó junto a Semiramis descender.
Mi consciencia se desvaneció,
al ver cómo el brillo de Artemisa
con suavidad de plumas descendió
para mostrarme su espectral sonrisa.

Pagué en vida lo que en el hades debía,
pues la espera por esa herejía,
en via crucis perpetrada,
era por mí cuerpo y alma ansiosamente esperada.
Mas mi alma no más ha de esperar,
porque siento su aroma llegar.
Viene Aluga por mi sangre, por mi ser
y yo no sé cómo darle a entender
que yo, simple mortal, he entregado con calma,
desde que sentí su piel en mi cama,
mi ahora fiel y devota alma.



Cuentos tristes y escritos absurdos de PandoraHao

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