El beso de la soledad
Me encuentro aquí, acostada sobre las plumas que rellenan el colchón de mi cama. Las sábanas de seda blanca tocan mi piel con dulce y delicada suavidad, mi camisón de satén purpúreo cae sobre la curvatura de mi cuerpo, resaltando aquellas partes de mí que son totalmente inmorales. Mi piel, blanca pero manchada por el sol, se ve a mi parecer amarilla y desagradable; sin comparación con el brillo y la suavidad de la seda o del satén. El techo, por su parte, es blanco almendrado; totalmente sin vida y sin atractivo alguno para el que siente, pero de todas formas, lo observo con admiración.
No entiendo cuál es el sentir del que todos se sienten orgullosos, esa felicidad de la que muchos alardean. Siempre me lo he preguntado y nunca encuentro respuesta a ello. Por ese motivo es que observo el techo, buscando respuesta a mis preguntas sin resolver.
Me coloco de pie, al ver que ya es hora de hacerlo, como es debido. Tomo un respiro profundo y camino hacia la mesa de roble caramelo al otro extremo de mi habitáculo. Cada paso es pesado, agotador y tedioso; el frío de la baldosa no me genera gran cosa, al igual que los pequeños rayos grisáceos de luz que entran por la ventana, acompañados de una suave brisa y pequeños copos de nieve. Exhausta y desgastada me siento frente a la mesa, donde un plato de avena tibia me espera. Lo observo como a todo lo que se encuentra a mi alrededor; observo ese color amarillento, extraño; esa textura grumosa, disgustante; ese aroma penetrante, desagradable.
Acerco la cuchara al plato y la hundo en el contenido de éste. Es extraño, nuevo y familiar ver esa escena; una escena que repito todos los días. No la levanto ni la llevo a mi boca, sólo la observo. Acerco mis manos al plato de porcelana, que gracias a la avena sostiene un calor soportable. Es, probablemente, lo único agradable que he sentido, esa tibieza dulce. ¿Es así el amor? ¿Es así el cariño o la compañía? Desearía saberlo.
Cierro los ojos con cierto recelo, frunzo el ceño con ligereza y lanzo aquél plato lleno de avena tan lejos como me sea posible. Abro con dificultad los ojos y suspiro, como si algo me apretara el pecho. Volteo mi mirar hacia el lugar en el cuál se encuentra el plato hecho pedazos con la avena esparcida. Un pequeño caos.
Me pongo de pie, sintiendo como una oleada absurda el frío que me golpea. Deseaba acercarme al plato y limpiar mi desastre, pero siento que no quiero acercarme más a ese calor. Camino hacia la cama, con mayor dificultad que nunca. Alzo mi mano hacia mi pecho, apretando el camisón de satén donde supongo late mi corazón. Cada paso, cada momento duele más, cada segundo me quedo sin aire, sin fuerza. Caigo frente a mi cama, con mis ojos ahogados en lágrimas que sin permiso alguno sobrepasaron el umbral de mis párpados. No lo soporto más; no soporto más aquella nada que se encuentra dentro de mí; aquél dolor incesante; aquel veneno, el cual se lleva todo de mí.
No tengo calor que abrace mi cuerpo en este momento. Abrazo entonces la muerte, la única que me abraza y me abrazará. Ahora, sólo queda oscuridad.
Cuentos tristes y escritos absurdos de PandoraHao


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