El teatro de un escritor barato

Estoy sentada, como siempre, con mi pluma en la mano, remojándola de tinta de cuando en cuando. Observo el papel tomar el color que yo deseo y mostrar la imagen que yo deseo. Está ahí, es una obra de arte, es perfecta, es hermosa. Cada palabra que escribo, cada curva y cada linea recta le dan una vida única y especial que nadie, ninguna otra persona podría haberle otorgado.

Soy un dios sobre un papel; soy omnipotente y omnipresente, decido sobre el pasado el presente y el futuro. Es glorioso y es maravilloso tener éste poder. Veo la belleza de la doncella, puedo ver sus cabellos dorados danzar con el viento; veo al joven granjero, con esperanzas de ser un gran señor algún día; veo al caballero oscuro, de corazón frío y sed de sangre... Veo tanto y siento tanto, siento el dolor del niño al ver morir a su familia ante sus ojos; siento la punzada en la espalda que le dieron al borracho de la taberna; siento la alegría de la princesa al ser rescatada de su gran torre... Es tan real, es tan maravilloso.

Después de eso me levanto del papel, lo quiera o no, debo hacerlo. Tengo en mis manos una obra maestra, un escrito que maravillará al mundo entero, a cada hombre, mujer y niño existente en éste planeta. Lo aprieto contra mi pecho y sonrío como rara vez logro hacerlo.

Me levanto de mi escritorio, apago la lámpara de cera y me alejo corriendo de mi habitación y de las sombras. En la mesa principal está él sentado, con su pluma y su tinta; como siempre, trabajando. Ocupado, siempre pensando en hacer diferentes cosas para hacer lo mejor, para ambos. La lámpara de cera a su lado está a punto de apagarse... Sé que eso le molestaría.

Me acerco con rapidez y me cercioro que el brillo no se extinga, a ésta hora ya no nos iluminaría la luz del día, sólo quedan las pequeñas llamas para ayudarnos en la oscuridad. Mi sombra lo incomoda y lanza una mirada furtiva hacia mi, la cual, respondo con una tímida sonrisa, como acostumbro hacerlo. Él baja la mirada nuevamente, debe seguir trabajando.

Entiendo que siente hambre, por eso traigo un poco de la sopa que en la caldera se encuentra. La vierto en un plato hondo y coloco el mismo a su lado. Se da cuenta, pero más parece que lo ignorara, aunque eso, sólo por unos segundo; después baja lo papeles y se acerca al plato para comer, sin levantar la mirada del mismo. Se ve claramente más relajado, pero aún así sigue distraído.

Termina de comer y regresa al trabajo, mientras yo sigo de pie a su lado, con mis cuentos apoyados contra mi pecho, esperando. Pasa una, tal vez dos horas, hasta que él termina su trabajo y me observa, con un mirar más tranquilo que antes.

Entrego mi cuento a él, que lo observa por un momento de reojo, pero no puede disimular su falta de ánimo por ver el texto. Me observa, indicándome que está cansado y que es mejor dormir. Lo observo con una sonrisa y asiento, mientras veo las hojas de mi cuento caer al suelo y perder su orden. En tanto, él se aleja hacia nuestra habitación, mientras mi falsa sonrisa deja de ser mi escudo y mis lágrimas salen de mis ojos. Mi cuerpo me gana y caigo al suelo, junto a cada una de las páginas del cuento; no tardo en organizarlas nuevamente y apretarlas contra mi pecho, bañándolas con las lágrimas que caen de mis ojos.

Me levanto con las hojas y las dejo junto a la lámpara de cera, tal vez esperando que se quemen, cosa que no sucede. Apago la lámpara y camino hacia la habitación con el cuento arruinado entre mis manos. Éste es mi escenario, al que salgo esperando siempre una aprobación a mis escritos, actuando una sonrisa tonta y una inexistente apatía, pero el final siempre será el mismo: la muerte de la voluntad del escritor ante un publico imaginario. 


Cuentos tristes y escritos absurdos de PandoraHao

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